[Copy&Paste] El 9 fantasma - Diego Latorre

Nota de Olé de Diego Latorre

Tiene 21 años y la rompe en un grande de Europa, pero casi no hablamos de fútbol cuando hablamos de él. ¿Quién es Icardi?

Su vida privada nos ha distraído de su vida futbolística. Aún hoy, pese a que juega en el Inter (pese a que es el 9 titular del Inter con sólo 21 años), pese a que metió seis goles en los primeros siete partidos de la temporada, entre la Serie A y la Europa League, es extraño que su apellido se oiga en una charla sobre el juego. Quizá -siempre distraídos por noticias rosas que él también alimentó- nunca lo hayamos visto jugar. Quizá no sepamos quién es y qué potencial tiene un argentino que se ha ganado algunas tapas en el exterior: Mauro Icardi.

En Sampdoria metió un gol cada tres partidos y en el Inter se mejoró: lleva uno cada dos. Es un 9 a la vieja usanza: finalizador, rematador, con recursos para definir. Tal vez sea exagerado escribir que es un delantero contracultural, pero algo de eso hay: mientras a la mayoría de los entrenadores le interesa hoy un 9 que se acople al juego, que tenga una noción colectiva, que pueda asociarse con los extremos, que sepa escaparse del área, que tenga flexibilidad, Icardi nos devuelve a la década del 90, cuando cualquier centrodelantero quería estar siempre en el lugar del hecho, ser goleador, y por cómo mirábamos el fútbol no les pedíamos más que eso. Gerardo Martino ha declarado que su modelo de centrodelantero es otro; hasta le puso nombre: Carlos Tevez. Mientras tanto, Icardi es un hombre dotado para el gol. Un delantero que no se desanima. El clásico optimista.

Un optimismo, sin embargo, con plasticidad. Puede verse en muchos de sus goles: patea de primera o apenas la para, patea desde afuera del área, al primer palo, al segundo, por arriba del arquero. Tiene variantes, no es un jugador cuyo recurso más poderoso es patear fuerte o empujarla debajo del arco. Tiene margen para evolucionar. Se crió en La Masía y juega en un grande de Europa con sólo 21 años. Esta línea sería suficiente para que nos entusiasmáramos si fuera otro el jugador. Pero es Icardi.

Habría que conocer su historia (y toda la historia) para pronunciar una sentencia indudable, sin fisuras. Icardi se ha transformado en un personaje débil, expuesto, al que es fácil pegarle, condenarlo. Es una situación delicada, sutil, porque todos mezclan la ética, la moral, en un ambiente como el fútbol, que es machista, y que quizá hoy no esté preparado para un debate sobre este tema. El medio es machista: todos juegan a ver quién es el más viril, desde el que traba con la cabeza hasta el que tiene que juzgar. En la hipocresía del fútbol se predica con los ejemplos de los demás. Enormes jugadores que nos alegraron han hecho cosas peores, pero con ellos nos hacemos los distraídos. Quizás Icardi haga mañana 74 goles. ¿Cómo lo trataremos ahí?

Una obviedad que -por cómo consumimos las noticias- puede sonar graciosa: un jugador, antes que jugador, es un ser humano. Y como ser humano es un todo: alguien formado por determinada crianza, influenciado por equis compañía, alterado por mil factores. Icardi tiene actitudes rebeldes, de pibe inmaduro, pero no hay que prejuzgar cuando aún no se lo conoció: una cosa es el lugar que ocupa en la escena pública, y otra, quizá, cómo es él. Todos los futbolistas viven eso, por ellos y por sus compañeros. Afuera lo viste de una manera y adentro, cuando se aclimata al vestuario, ves que es de otra. A Icardi todavía no lo conocemos. Ante todo, futbolísticamente.